¿Las personas obesas comen más o son más eficientes desde el punto de vista metabólico?
Al tener que ajustarse a
lo que les pide el cuerpo, las personas con obesidad ingieren más calorías y,
por lo tanto, consumen una cantidad de comida superior a lo que suele ser
«normal». Pero no por ello significa que estén comiendo en exceso, que es lo
que suele creer la gente debido a los estereotipos negativos acerca de las
personas con obesidad.
La mayor ingesta de
calorías está relacionada con la conducta alimentaria. Esta conducta
alimentaria es difícil de estudiar ya que los pacientes suelen estimar
erróneamente las cantidades que comen y sobreestimar el deporte que hacen.
Además del mayor consumo
de alimentos, la conducta alimentaria de las personas obesas suele ser anormal.
Por ejemplo, se dan muchos casos de atracones. Además, en algunos estudios
realizados en laboratorios, los resultados han comprobado que las personas
obesas que son además comedores compulsivos, pasan un mayor porcentaje de su
vida a dieta que los comedores no compulsivos, comen mayor cantidad en
respuesta a estados emocionales negativos y también presentan con mayor
frecuencia enfermedades mentales como la depresión o trastornos de
personalidad.
Otra conducta alimentaria
anormal que suele darse entre personas obesas es el «síndrome de alimentación
nocturna». Las personas afectadas por este síndrome comen grandes cantidades de
comida después de la cena y, a menudo, se despiertan por la noche para comer. Las
principales manifestaciones de este síndrome son anorexia matinal (comer poco
durante el día), hiperfagia nocturna (aumento anormal del apetito) e insomnio
(dificultad para conciliar el sueño). También se pueden tener trastornos del
sueño como sonambulismo, síndrome de las piernas inquietas (urgencia
incontrolable de mover las piernas) y apnea obstructiva del sueño (la
respiración se detiene y se reanuda repetidamente durante el sueño).
Respecto al metabolismo
(proceso para convertir los alimentos en energía), existen claras diferencias
metabólicas en la propensión a aumentar de peso en respuesta al exceso o al
déficit calórico. También hay pruebas de que ciertos individuos pueden ser
metabólicamente más eficientes que otros, lo que podría derivar, con el tiempo,
a un aumento de peso.
¿Por qué me cuesta tanto
adelgazar, pero, sin embargo, recupero el peso que he perdido muy rápido?
Conseguir adelgazar a
largo plazo es muy difícil. Aquí entra en juego el balance energético, esto es,
debemos ingerir la misma cantidad de energía que gastamos: si ingerimos más
energía (alimentos, en kilocalorías) de lo que gastamos, engordaremos. La
restricción calórica aumenta la eficiencia energética a corto plazo,
disminuyéndose los niveles de leptina y de la hormona tiroidea. A su vez,
pueden existir diferencias en el gasto energético relacionado con la actividad
física tras la pérdida de peso. Sin embargo, a largo plazo, la mayoría de los
indicios de una mayor conservación de energía se esfuman, volviendo a unos
niveles de gasto energético en reposo adecuados al nuevo peso. Se ha sugerido
que personas que han padecido obesidad son metabólicamente diferentes a
aquellas que nunca han sido obesas.
Algunos de los factores
que influyen en la recuperación de peso son el aumento de células grasas
(hiperplasia) o el aumento de la lipoproteína lipasa (que tiende a promover el
almacenamiento de grasa). Del mismo modo, también pueden ser más sensibles a la
composición de macronutrientes de su dieta, por lo que deben seguir una dieta
baja en grasas para mantener su peso corporal.
Por supuesto, los niveles
elevados de actividad física se correlacionan con el mantenimiento de peso.
Esta actividad física debe ser elevada para que tenga un impacto en la
recuperación del peso. La combinación de la actividad física con una dieta baja
en grasas y de menor densidad energética puede permitir a los individuos que
han tenido obesidad disminuir las restricciones dietéticas necesarias para
mantener la pérdida de peso. Parece ser que las personas que han tenido un IMC
mayor a 30 kg/m2 deben ser constantes a largo plazo con los cambios
en su dieta y en su actividad física para intentar evitar la tendencia a
recuperar el peso perdido.
¿Los fármacos usados para
tratar las enfermedades mentales engordan?
El aumento de peso es uno
de los principales efectos secundarios de los psicotrópicos (los medicamentos
usados para tratar enfermedades mentales). Entre estos se encuentran, por
ejemplo, los antidepresivos, los estabilizadores del estado de ánimo y los
ansiolíticos. El aumento de peso podría deberse a un aumento del consumo
calórico, a una disminución del gasto energético o a una combinación de ambos.
En cuanto a los
antipsicóticos, que se suelen usar para tratar la esquizofrenia y otros
trastornos psicóticos, la ganancia de peso se suele dar con mayor rapidez en la
fase aguda del tratamiento y se estabiliza pasados uno o dos años. Hay algunos
indicios de que los pacientes tratados con antipsicóticos tienen un mayor
apetito, pero no se han realizado estudios al respecto.
El litio como
estabilizador del ánimo lleva a un aumento de peso del 5 % (o, a veces, incluso
más) en un tercio o dos tercios de los pacientes. Este aumento de peso está
relacionado con la dosis y suele darse en los dos primeros años del
tratamiento. Es más probable que se de en aquellos pacientes que ya tienen
sobrepeso al comenzar el tratamiento. Puede deberse al aumento de la ingesta de
líquidos muy calóricos como consecuencia de la sed que induce el fármaco y/o
por el almacenamiento de lípidos o el hipotiroidismo (producción insuficiente
de la hormona tiroideas) inducido por el litio.
Por último, los antidepresivos también están asociados a un aumento de peso. Este aumento de peso suele ser moderado, incluso a largo plazo.
¿Si adelgazo se reducen
los riesgos médicos?
La mayoría de los
tratamientos de pérdida de peso que resultan en éxito producen una reducción de
la presión arterial, de los triglicéridos (tipo más común de grasa), aumentan
el colesterol HDL y reducen el colesterol total, el LDL; la glucemia (azúcar en
sangre) y la hemoglobina (proteína en los glóbulos rojos que transporta
oxígeno). Los beneficios de esto se manifiestan en una pérdida de peso de tan
solo un 5 % -10 % con respecto al peso inicial. Esta pérdida de peso puede
jugar un papel importante en la prevención de riesgos sanitarios.
Las directrices médicas
suelen recomendar la pérdida de peso a aquellas personas con un IMC superior a
30 kg/m2 o superior a 25 kg/m2 y que, además, tengan dos
o más factores de riesgo relacionados con la obesidad. En cambio, para los de IMC
entre 25 y 30 kg/m2 se les recomienda que intenten no ganar más
peso, en vez de perderlo.
Sin embargo, esta
recomendación de pérdida de peso tiene bastante detractores. La dieta, aparte
de ser inefectiva, es dañina, según ellos. Además, se produce el «efecto
rebote», es decir, se recupera el peso perdido, lo que hace que los pacientes
se desmoralicen y, por lo tanto, una futura pérdida de peso resulta aún más
difícil. Aun así, no hay estudios empíricos que demuestren estas objeciones.
Los ciclos de pérdida-recuperación de peso sí que están asociados a un aumento
de la morbilidad y la mortalidad, por ello, los estudiosos subrayan la
importancia de comprometerse con un cambio a largo plazo, para así aumentar la
probabilidad de tener estabilidad con respecto al peso.
Algunos críticos también
han argumentado que la dieta como tratamiento para las personas obesas puede
desencadenar o incrementar los atracones. Sin embargo, el tratamiento
conductual, mediante restricciones moderadas o fuertes de calorías, si que
parecen ser efectivo a la hora de reducir el trastorno de sobreingesta
compulsiva.
A pesar de todas las
críticas, para la mayoría de las personas con obesidad la pérdida de peso sería
beneficiosa. Hay que tener en cuenta los riesgos específicos de cada persona y
sus probabilidades de éxito, así como su motivación, ya que la pérdida de peso
no es una tarea fácil. Por eso, es importante acudir a un especialista.
¿Son realmente efectivos
los tratamientos de la obesidad? ¿Cuáles son?
El tratamiento de
elección para las personas con obesidad o sobrepeso suele ser un programa
integral de control de peso basado en el comportamiento, que incluye mejora de
los hábitos alimenticios, cambios en el estilo de vida y aumento del ejercicio
físico. Este tratamiento, junto con una restricción moderada calórica (de unas
1000-15000 kcal al día) supone una pérdida de peso de unos 6-9 kg en 5 meses de
tratamiento. También se relaciona con una disminución de la depresión y del
descontento con la imagen corporal, junto con un incremento de la autoestima.
El problema reside en que los efectos de este tratamiento no duran para
siempre. Al cabo de un año podrían reganar entre un 35-50 % del peso perdido y,
al cabo de cinco años, todo el peso perdido. También se ha combinado este
tratamiento conductual con dietas muy bajas en calorías durante 12 o 16
semanas, subiendo luego a una ingesta calórica de unas 1000 o 15000
kilocalorías al día. Esta combinación produce una pérdida rápida inicial de
peso, pero la recaída es también rápida.
Esto, sin embargo, no ocurre en los niños, quienes son más propensos a mantener el peso una vez perdido. Puede que sea más fácil enseñar a los niños cómo comer sano y motivarles a hacer ejercicio. Aun así, una desventaja para el futuro es que los padres de estos niños estudiados proporcionaban un entorno en el que se les regulaba el acceso a los alimentos, haciendo que el control del peso fuera más fácil. Esto puede afectar en un futuro si uno se rodea de un entorno tóxico, en el que el «autocontrol» sea difícil de conseguir.
Otro de los tratamientos
para la obesidad es la farmacoterapia. Este, unido al tratamiento conductual
supone una pérdida de unos 2-9 kilos. Esta perdida de peso suele ocurrir en los
seis primeros meses de tratamiento. Los medicamentos para perder peso son
similares a aquellos usados para tratar otras enfermedades crónicas: no
funcionan si no se toman. Si se toma la medicación de forma discontinua, es
normal que se recupere el peso perdido. Además, estos tratamientos suponen
graves riesgos, por lo que solo se suelen recomendar para aquellos pacientes
con un IMC de más de 30 kg/m2 o de más de 27 kg/m2 si
tienen otras enfermedades asociadas a la obesidad como la diabetes tipo 2. Para
que os suenen, hay dos medicamentos que sí se pueden usar a largo plazo: la
sibutramina y el orlistat. A pesar de sus beneficios para tratar la diabetes,
tienen efectos secundarios como aumento de la presión
sanguínea, en el caso de la sibutramina; y problemas gastrointestinales, como
heces diarreicas o aceitosas, en el caso del orlistat.
La cirugía es otro
tratamiento de elección para pacientes con obesidad de tipo III o de tipo II,
si tienen otras enfermedades asociadas a la obesidad como la diabetes tipo II o
apnea del sueño. Las intervenciones quirúrgicas más utilizadas son la
derivación gástrica (se reduce el tamaño del estómago y los alimentos saltan
parte del intestino delgado) y la restricción gástrica (limitar la entrada de
alimentos en el estómago). Por lo general, los pacientes mantienen una perdida
de peso del 25 al 40 % con respecto a su peso corporal preoperatorio una vez
realizados estas intervenciones quirúrgicas. Quizás os suenen procedimientos
como la liposucción o la lipectomía, pero estos no suponen una pérdida de peso
significativa desde el punto de vista médico.
Pero, como todo
tratamiento, tiene sus consecuencias negativas, aparte del riesgo de
mortalidad, aunque bajo, de la operación. Además, tras la cirugía, los
pacientes no pueden volver a comer de la misma manera de la que estaban
acostumbrados. Por ejemplo, las personas que se someten a una derivación
gástrica suelen padecer síndrome de evacuación gástrica rápida (sudores,
palpitaciones, náuseas, mareo leve) si ingieren una cantidad elevada de
calorías. En cambio, las personas que se someten a una restricción gástrica no
son capaces de comer más de una cantidad limitada de comida de una sola vez sin
vomitar, por lo que tienen que realizar varias comidas al día pequeñas para
mantener una nutrición adecuada. A su vez, es necesario que estén bajo
vigilancia médica durante toda su vida.
Otro posible tratamiento
para la obesidad es la psicoterapia (cambio de pensamiento, sentimientos y
conductas), aunque no debe ser considerado como primera opción. Tanto la
terapia cognitivo-conductual como la interpersonal son efectivas tanto para
normalizar la alimentación como para reducir la angustia en personas obesas con
trastorno de sobreingesta compulsiva. Este tratamiento no se asocia a pérdidas
de peso significativas, pero es de gran ayuda para conseguir la autoaceptación
y poder así hacer frente a los prejuicios y a la «gordofobia». Esta
autoaceptación llevará a un aumento de la autoestima, ambas claves para
conseguir la motivación necesaria y poder llevar a cabo un estilo de vida más
saludable y/o comenzar con un tratamiento de control de peso. También se han
desarrollado programas de terapia sobre la imagen corporal, para ayudar a las
personas obesas a cambiar su forma de ver y evaluar sus cuerpos. Esto es
esencial para los pacientes con obesidad ya que muchos de ellos, a pesar de
perder peso, siguen manteniendo un peso superior al «normal». Las
organizaciones de autoayuda que promueven la aceptación de tu propio peso
proporcionan reconocimiento y apoyo a las personas obesas, sirviendo también de
foro para tratar temas como la discriminación y modificar los estereotipos
culturales nocivos.
Por último, otra opción es hacer una combinación de varios tratamientos, lo que se conoce como tratamiento integral. Como base esencial se encuentra el tratamiento conductual, imprescindible para mejorar la dieta e incrementar la actividad física. Si no se responde a este tratamiento o se precisa, debido a un nivel de obesidad mayor, se podrá añadir un tratamiento adicional, como la medicación o la cirugía.
Conclusión
Como hemos podido
observar, ningún tratamiento es 100 % efectivo para los adultos, por lo que lo
más importante es la prevención de la obesidad. La prevención primaria de la
obesidad es probable que requiera importantes manipulaciones ambientales que
solo podrían llevarse a cabo mediante cambios en las políticas públicas, por lo
que sería muy difícil de conseguir.
Los niños, sin embargo,
si que mantienen una pérdida de peso más duradera. Aun así, hay que asegurarse
de que los niños reciban una nutrición adecuada y que no sigan ningún tipo de
dieta con deficiencias. Es importante fomentar unos hábitos alimentarios
adecuados, la realización de actividad física y el desarrollo de actitudes
saludables en relación con el cuerpo.
El principal motor de
cambio de las personas con obesidad es su preocupación por la apariencia, más
que por su salud, incentivadas, además, por las presiones que ejerce la
sociedad.
Lo que es verdaderamente
importante es hacer que las personas con obesidad refuercen su autoestima y hay
que animarlas para que lleven una vida lo más plena posible, independientemente
de su peso. Es posible lograr la autoaceptación sin perder peso y esta, además,
ayudará a mantener esas pérdidas de peso, a mejorar sus conductas alimentarias
y a realizar ejercicio físico, esenciales para su salud.
Comentarios
Publicar un comentario